Creyendo que era tu mano,
noté la noche en mi espalda.
Creyendo que era tu aliento,
noté una puerta cerrada.
Creyendo que era tu olor,
noté la humilde retama.
Creyendo que era tu voz,
noté quebrarse una rama.
Y me volví, viendo a la nada,
que, montada en potra de agua,
me devolvió tu mirada.
Y así,
creyendo, creyendo,
creí matar el mañana.
No hay comentarios:
Publicar un comentario