Una noche,
no sé de qué día,
cuando de las urracas
aplastadas en la bóveda
solo se vea el brillo
de sus lejanos ojos...
una mañana,
te digo,
humedecerás tus labios
-sin querer-
y te vendrá mi sabor
como una condena
y una campana lejana
apretará mi cadena,
retorcerá mi pena.
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